No basta con compostar. Las consecuencias ambientales del despilfarro de alimentos

Del total de basura que se genera en los hogares de Chile, un 58% son residuos orgánicos, sin embargo, solo se recicla un 1%. Por otro lado, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), mundialmente son las frutas y verduras junto con las raíces y tubérculos (45%), los alimentos que más se desperdician a lo largo de la cadena alimentaria, desde la fase de producción hasta la de consumo. Cabe destacar, que la gran mayoría de residuos orgánicos terminan en vertederos, donde producen gases de efecto invernadero.

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El reciclaje de residuos orgánicos, comienza a ser una alternativa cada vez más conocida en Chile, no obstante, solo un 1% de estos residuos se recicla. Reciclar los desechos orgánicos, no solo trae beneficios como el compost, sino que también representa una forma de combatir la crisis climática, a través de la disminución de los gases de efecto invernadero (GEI) que se emiten en los rellenos sanitarios.  Los vertederos son la tercera fuente antropogénica más grande de metano en el mundo, siendo responsables de aproximadamente el 11% de las emisiones mundiales estimadas de metano.

Según un registro del  Ministerio del Medio Ambiente, 53 municipios correspondientes al 15% del total del país, llevan a cabo proyectos de reciclaje de residuos orgánicos para gestionar los desechos en sus comunas. De los 7,5 millones de toneladas de residuos sólidos domiciliarios que se estiman son generados por los hogares del país, en promedio, un 58% de ellos corresponde a materia orgánica. El resto se divide en un 16% de otros residuos, 11% plástico, 10% papel y cartón, 3% vidrio y 2% metales.

La Municipalidad de La Pintana ha trabajado desde el 2005 en el reciclaje de residuos orgánicos en la comuna, iniciativa que es dirigida por la Dirección de Gestión Ambiental (DIGA). Felipe Marchant, director de DIGA, comenta que, “nuestro Programa de Separación de Residuos Vegetales en su Origen nació de la necesidad de nuestra administración de abaratar costos, a partir de la modificación de la Ley de Rentas II, en el año 2005, considerando que somos una comuna de bajos recursos”.

En este sentido, para la municipalidad la iniciativa de reciclar los residuos orgánicos le ha permitido fomentar la economía circular y el ahorro de recursos. Sobre ello, Felipe Marchant dice que, “el compost generado se utiliza en el cultivo y mantención de nuestro vivero, desde donde salen las plantas y árboles que pueden verse en las áreas verdes de la comuna. Al cultivar nuestras propias especies ornamentales, considerando además las especies más indicadas para nuestros tipos de suelo y el consumo hídrico de las mismas, evitamos los gastos de adquirirlas a otros productores”. Y añade que, “podemos establecer que, por ahorro y considerando solo el año 2018, alcanzamos la suma aproximada de $109 millones. Este ahorro permite a la DIGA y la administración municipal dedicar recursos a otras áreas”.

El director de DIGA destaca también la considerable disminución del volumen de basura que normalmente se junta en los vertederos con la separación de los residuos vegetales, los cuales se reducen en las camas de lombrices. Y agrega que, “en nuestra Dirección de Gestión Ambiental un promedio de 20 toneladas diarias de residuos, provenientes desde los domicilios y ferias libres que se instalan de martes a domingo. Considerando estas cifras, a la semana bordeamos 120-140 toneladas de residuos vegetales”.

Aunque el reciclaje de residuos orgánicos es de vital importancia para reducir los gases de efecto invernadero, no pasa desapercibido la gran cantidad de residuos vegetales que se producen todas las semanas en una comuna. Si bien, gran parte de estos residuos pueden corresponder a alimentos que no son consumibles como cáscaras de fruta, de huevos, restos de vegetales, entre otros. Sin embargo, también se bota gran cantidad verduras y fruta que nunca se consumió.

Desperdicio y pérdida alimentos

Según el estudio “Cuánto alimento desperdicia los chilenos”, realizado por el Centro de Estudios de Opinión Ciudadana (CEOC) de la Universidad de Talca en la Región Metropolitana, para un 95% de los entrevistados botar comida acumulada en el refrigerador es una práctica normal y sólo el 5% señala que es algo que nunca ocurre. La comida que más se bota es la comida preparada (44,1%); verduras (24,4%) y pan (12,9%). La razón más aludida para el desperdicio de los alimentos es que se olvidaron de que la comida estaba ahí (57,6%). Por otro lado, un 50% de los entrevistados señala haber dejado de comprar frutas y verduras porque ha botado en muchas ocasiones, 27% dice que ha dejado de comprar pan y 12% ha dejado de comprar lácteos. El 65% de los entrevistados señala perder más de $5.000 al mes botando comida.

Pilar Eguillor, secretaria técnica de la Comisión Nacional para Evitar y Disminuir las Pérdidas y el Desperdicio de Alimentos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (Odepa), señala al respecto que, “a pesar de que no se dispone de estimaciones precisas sobre las pérdidas y el desperdicio de alimentos, los datos más aproximados indican que, a escala mundial, alrededor de una tercera parte de los alimentos producidos se pierde o desperdicia a lo largo de la cadena alimentaria, desde la fase de producción hasta la de consumo. La pérdida y el desperdicio de alimentos varía entre un 15% y un 45% en relación con el tipo de alimento. Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), lo que más se pierde son las frutas y verduras junto con las raíces y tubérculos (45%), seguidas por los cereales y pescados y productos marinos (30%), mientras que se pierde el 20% de todos los productos avícolas, lácteos, carne de vacuno, legumbres y oleaginosas. Además, se detectan diferencias estacionales, donde en primavera-verano se desperdicia casi un 10% más que en otoño–invierno. Si bien en Chile tampoco se manejan las cifras de PDA (pérdida y desperdicio de alimentos) a lo largo de la cadena, todo hace pensar que los números mencionados serían representativos de nuestra realidad”.

De acuerdo a la FAO, la “pérdida de alimentos” corresponde a la disminución de alimentos la durante la cadena de suministro, es decir, se pierden antes de llegar a su fase de producto final o a la venta minorista. Por otra parte, se entiende por “desperdicio de alimentos” a la disminución de alimentos aptos para el consumo humano que ocurre al final de la cadena alimentaria, es decir, ventas y consumo final.  

La pérdida y desperdicio de alimentos (PDA) es un problema a nivel mundial, donde la responsabilidad recae tanto en los productores como en los consumidores finales. Pilar Eguillor sostiene que, “mientras millones de personas sufren hambre o desnutrición, por otro, millones de toneladas de alimentos se pierden o desperdician. A pesar de que la población del mundo y el hambre está aumentando, más de un tercio de todos los alimentos que se producen se pierden o se desperdician, los que serían suficientes para alimentar a más de 3.000 millones de personas”.  

Además, Eguillor señala que la PDA genera gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático. En este sentido, según el último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), se estima que el 10% de los gases de efecto invernadero producidos por el sistema alimentario a nivel mundial se vinculan directamente a las pérdidas y desperdicios de alimentos. Es decir, si la pérdida y el desperdicio de alimentos fueran un país, sería el tercer país emisor más grande del mundo.

La secretaria técnica de la Comisión Nacional para Evitar y Disminuir las Pérdidas y el Desperdicio de Alimentos ODEPA, añade que “al haber PDA estamos haciendo un mal uso de los recursos (suelo, agua, fertilizantes, energía, entre otros). En un mundo con recursos naturales limitados y donde día a día se buscan nuevas soluciones para producir alimentos suficientes para la población, la reducción de las pérdidas y el desperdicio de alimentos es un problema”.

Según Odepa, a nivel mundial, se estima que se utilizan aproximadamente 1.400 millones de hectáreas para producir alimento que no es consumido, lo que representa una superficie mayor a la de Canadá e India juntos. Por otro lado, la producción de alimentos que no se consumen causaría emisiones innecesarias de CO2 que contribuyen al calentamiento global y al cambio climático. Cabe señalar, además, que la mayor huella de carbono dentro de los alimentos desaprovechados se presenta en la fase de consumo (37%).  “Reducir las PDA se traduce en disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Esto se debe a que producir alimentos que se pierden o desperdician, genera una serie de GEI que se podrían evitar. Dicho de otra forma, los alimentos no consumidos se convierten en alimentos que sólo contaminan. Si no fuesen desperdiciados, no se necesitaría producir otros nuevos (con las emisiones que ello genera)”, explica Eguillor.

Las causas que originan la pérdida y desperdicio de alimentos son variadas, entre las cuales se encuentran los problemas que se presentan durante la cosecha, recolección, almacenamiento, embalaje, transformación, transporte, hasta los mecanismos de comercialización y mercado, oferta y demanda, reglas de etiquetado y caducidad o vencimiento, precios, compras inadecuadas, así como a marcos institucionales y legales existentes o inexistentes.

Se cree que Chile sigue los patrones descritos para América Latina y tenemos más pérdidas de alimentos que desperdicio.  Estas pérdidas ocurren por diversos factores a lo largo de la cadena de producción. Entre ellos se pueden mencionar como ejemplos: problemas climáticos (sequías, heladas, granizo, exceso/falta de lluvias, entre otros), pasando por problemas en el manejo productivo (selección de la variedad adecuada, semilla de calidad, riego y fertilización oportuna, entre otros), daños estéticos o físicos, deterioro por plagas o animales, producto no cosechado por tamaño, forma, color, etc., imposibilidad de llegar a los mercados, cosecha prematura o retrasada, técnica ineficiente o equipo inadecuado para cosechar, entre otras” señala Pilar Eguillor.

La FAO estima que, del total de las pérdidas y desperdicios mundiales de alimentos, el 6% se da en América Latina y el Caribe, correspondiendo a 127 millones de toneladas de alimentos aptos para el consumo humano al año. Lo anterior, equivale a desaprovechar cada año, el 15% de sus alimentos disponibles. Además, se evalúa que, con la pérdida de alimentos a nivel de la venta, en supermercados, ferias libres, almacenes y puestos de venta, se podría alimentar a más de 300 millones de personas, o al 64% de quienes sufren hambre en la región.

¿El compostaje es una solución al desperdicio? “No”, responde categóricamente Pilar Eguillor y explica que, “los alimentos que se producen para el consumo humano deberían tener como único destino el consumo humano, otro uso es una pérdida de recursos. Existe una pirámide de uso de los alimentos donde ciertamente, una vez que no es posible que el alimento sea consumido por un ser humano, vaya a la alimentación animal o compostaje, pero no es para eso para lo que se produjeron esos alimentos”.

Los enfoques de una solución para evitar y disminuir la pérdida y desperdicio de alimentos, comenzarían, según la experta Pilar Eguillor con: “La concientización sobre el problema a todo nivel: personal, familiar, comunal, regional, nacional, mundial. Si todos fuéramos conscientes del problema podríamos encontrar soluciones. Mientras sea un problema invisible, no aparecerán las soluciones a algo que no es visto como un problema. Si las personas o grupo familiar se dieran cuenta que cuando botan comida están desperdiciando su dinero, lo pensarían dos veces antes de hacerlo. Si los gobiernos se dieran cuenta de cómo las PDA se asocian a la desnutrición y a la pobreza, apoyarían políticas y programas para evitar y disminuir las PDA. Y así a todo nivel”.

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