Educación Ambiental: el desafío del Siglo XXI

Los educadores ambientales deben implicarse de forma más directa en generar alternativas concretas o estilos de vida que en sí mismos sean cambios reales. Es importante no volver a tropezar en los mismos escalones del pasado y no nos podemos conformar con ser los mensajeros del cambio, sino que debemos asumir ser los actores protagonistas de los cambios que queremos promover en nuestro entorno.

Durante los últimos meses el planeta Tierra se ha visto vulnerado por el Covid-19, pandemia nos puso a prueba a todos los seres humanos, mostrándonos lo pequeños que somos y lo frágiles que podemos ser. Las cifras que todos los días nos entrega el Ministerio de Salud, nos indican que esto no ha terminado y que tenemos que seguir cuidándonos.

Juan Fernández, seremi (s) del Medio Ambiente Región Metropolitana

La pandemia también nos permitió mirar cosas que antes no la estábamos viendo, a pesar de estar muy cerca de ellas. En primer lugar, el encierro nos permitió compartir con los que tenemos más cerca, ser solidarios, mirar con justicia el territorio que nos tocó vivir. Son múltiples las acciones y las actividades que hemos tenido que aprender o reaprender, el uso de las tecnologías, como un medio para comunicarnos, se ha hecho constante y diariamente tenemos que recurrir a ellas, como el computador o el celular.

Este 26 de enero, cuando celebramos el Día Mundial de la Educación Ambiental, es un momento propicio para volver a mirar lo que nos ha tocado vivir y prepararnos para nuevos desafíos. Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar nuestros instrumentos, haciéndolos mucho más flexibles, con una característica global, asumiendo los desafíos de nuestros territorios, en ese momento la educación ambiental será nuevamente protagónica, en la búsqueda de un planeta mucho más vivible ambientalmente. La educación en este Siglo XXI será mucho más reflexiva y para ello la educación ambiental puede ser una gran promotora.

Los educadores ambientales deben implicarse de forma más directa en generar alternativas concretas o estilos de vida que en sí mismos sean cambios reales. Es importante no volver a tropezar en los mismos escalones del pasado y no nos podemos conformar con ser los mensajeros del cambio, sino que debemos asumir ser los actores protagonistas de los cambios que queremos promover en nuestro entorno.

Tenemos en nuestras manos un gran desafío, por ello, hoy cuando renovamos nuestro compromiso con la educación ambiental, también asumimos la tarea de contribuir a los desafíos, como es el cambio climático. En este aspecto la educación ambiental debe -a lo menos- establecer algunos elementos que nos permitan articular un plan de acción para los próximos años, como los son: la vinculación entre lo local y lo global; poner en relación el conocimiento y la acción transformadora; valorar lo social, los problemas ambientales son socioambientales: integrar lo individual y lo social, conocer y actuar, es lo que nos piden los nuevos desafíos.

Hay que aproximarse a la complejidad, los problemas no se pueden ver desde solo un foco o causa, y tampoco es posible aislar las consecuencias de sus raíces. Mirar hacia atrás es importante, pero no es suficiente; la educación ambiental es parte de la esencia más profunda del ser humano, aquella que nos habla de la perfección de su propia naturaleza, y por ende, de las relaciones que debemos tener con la Tierra, y en nuestra región además tiene la vocación de contribuir.

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