En las últimas semanas, la prensa ha revelado la cruda realidad que se vive en los rellenos sanitarios en Chile. El recinto ubicado en Tiltil, al norte de Santiago, es una de las fuentes de emisiones de metano más grandes del mundo, gas que en el corto plazo tiene 80 veces mayor poder de calentamiento global que el CO2.

Todos producimos basura, pero no todos vivimos por igual las consecuencias. Los vecinos del relleno señalan que ven afectada la salud de sus familias por la contaminación y sienten que nadie hace nada. Imágenes de cóndores alimentándose de los desechos muestran una cruda realidad: la basura no desaparece, se acumula, se descompone y daña nuestros ecosistemas.
El metano se produce debido a la descomposición anaeróbica de los residuos orgánicos. Si separáramos estos en origen sería diferente la situación. Por ejemplo, si los restos de una manzana no terminaran en una bolsa negra mezclados con otros residuos -sino en un contenedor adecuado para su valorización con un tratamiento adecuado-, podríamos obtener productos como biogás para generar energía o compost para fertilizar cultivos.
Un relleno sanitario no es lo mismo que un vertedero. El primero es una instalación diseñada y regulada para disponer residuos de manera controlada y el segundo es una forma más precaria de disposición. Ambos comparten una limitación de fondo: son soluciones al final de la cadena, cuando el residuo ya fue generado y mezclado.
¿Es posible capturar el metano en los rellenos sanitarios y producir energía? Sí, y hoy en día en algunos se hace, pero las condiciones del mercado eléctrico hoy limitan la inyección de energía a la red y debilitan así el incentivo para valorizar biogás. Sin embargo, potenciar la producción de energía en rellenos sanitarios no soluciona el problema a largo plazo. En Chile, los rellenos están llegando a su capacidad máxima y el peak de producción de metano ocurre en los primeros años posteriores al enterramiento de los residuos. Además, para llegar a estos recintos, la basura debe viajar muchísimos kilómetros, lo que es muy costoso tanto por el gasto monetario como por las emisiones de carbono que esto produce.
Necesitamos una fuerte inversión en infraestructura de gestión de residuos en el país y que valorizar los residuos sea más fácil que botar basura. Si nuestras ciudades están llenas de basureros, difícilmente haremos el esfuerzo por separar en origen. Se debe poner en marcha un sistema que facilite la valorización, priorice la separación en origen y promueva tecnologías de tratamiento en el lugar donde se generan.
Requerimos con urgencia pasar de un modelo económico lineal en donde extraemos productos de la naturaleza, los usamos y los desechamos, a un modelo económico circular en donde diseñemos y produzcamos elementos cuyos materiales puedan ser reinsertados al sistema productivo.
El cóndor alimentándose en basurales nos recuerda que en la naturaleza nada se pierde. Uno de nuestros símbolos nacionales nos recuerda una incómoda realidad: no todos los residuos son basura y en nuestros desechos hay mucho valor. ¿Nos atreveremos a aprovecharlo?





