Durante más de un siglo, los científicos se han preguntado cómo los llamados corales chicle, algunos de los animales ramificados más grandes del planeta, consiguen construir colonias de varios metros de altura sin contar con un esqueleto interno que les dé soporte.
La respuesta apareció en las profundidades del Pacífico suroriental, frente a las costas de Chile. Un equipo internacional de biólogos marinos y químicos describió una nueva especie de coral de aguas profundas, Paragorgia quitinosa, y descubrió que la clave de su estructura está en la quitina, un material presente también en los caparazones de cangrejos y las alas de los escarabajos.
El hallazgo, publicado en la revista Scientific Reports, permite explicar cómo estos animales logran mantener su forma y abre nuevas preguntas sobre la arquitectura de otros corales de aguas profundas.
El andamiaje que estaba oculto
Los corales chicle reciben su nombre por su apariencia y viven desde cientos hasta miles de metros bajo la superficie. Pueden formar grandes colonias arborescentes, algunas del tamaño de un automóvil pequeño.
A diferencia de los corales pétreos, no poseen un esqueleto rígido interno. Sus tejidos contienen microscópicos cristales de carbonato de calcio que, hasta ahora, no permitían explicar por sí solos cómo estructuras tan grandes podían mantenerse unidas sin colapsar.
La nueva especie fue recolectada en julio de 2024, a 670 metros de profundidad, en un monte submarino de la Dorsal de Nazca, durante una expedición del Schmidt Ocean Institute a bordo del Falkor (too).
Desde entonces, la muestra fue estudiada en el Centro Científico ESMOI de la Universidad Católica del Norte (UCN), en Coquimbo, donde los investigadores analizaron en detalle su estructura interna.
La clave apareció al observar los canales que recorren el interior de cada rama. Se trata de una red de tubos que se pensaba cumplía principalmente funciones relacionadas con la distribución de nutrientes.
Sin embargo, mediante microscopía electrónica y análisis químicos, los investigadores detectaron quitina en las paredes de estos canales. El compuesto, considerado el segundo polímero natural más abundante de la Tierra después de la celulosa, forma una suerte de red de andamiaje que se extiende por la colonia y le entrega coherencia estructural.
“Sabíamos que algo tenía que estar manteniendo unidos a estos animales, pero nadie había identificado químicamente qué era”, explicó Juan Armando Sánchez, autor principal del estudio y profesor de biología marina de la Universidad de los Andes en Bogotá.
“Encontrar quitina fue una sorpresa genuina. Estos corales están sostenidos esencialmente por el mismo material que forma el caparazón de una langosta, simplemente organizado de una manera completamente diferente”, agregó.
Una nueva especie que abre otras preguntas
El descubrimiento no solo permite comprender cómo se sostiene Paragorgia quitinosa. También plantea la posibilidad de que la quitina cumpla un papel estructural similar en otros octocorales, un grupo que se caracteriza por tener ocho tentáculos en sus pólipos e incluye abanicos de mar, plumas de mar y corales chicle.
“Paragorgia quitinosa es como una llave que abre la puerta para comprender la biología de miles de especies”, señaló Erin E. Easton, coautora del estudio e investigadora de la Universidad de Texas Rio Grande Valley.
“Una vez que sabemos qué buscar y dónde buscarlo, podemos empezar a preguntarnos si la quitina cumple funciones similares en otros octocorales, y eso podría transformar nuestra comprensión de la biología estructural de uno de los grupos de animales más diversos del océano”, añadió.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo combinó microscopía electrónica, espectroscopía y análisis de azúcares, además de estudios moleculares que permitieron confirmar la posición de la nueva especie dentro del árbol filogenético de los corales.
Una fragilidad que ahora se entiende mejor
El descubrimiento también puede tener implicancias para la conservación de estos ecosistemas. Los corales chicle están reconocidos internacionalmente como Ecosistemas Marinos Vulnerables (EMV) y cuentan con protección bajo acuerdos pesqueros debido a su extrema lentitud para recuperarse de perturbaciones como la pesca de arrastre, el anclaje o la remoción de sedimentos.
Hasta ahora, esta vulnerabilidad se había asociado principalmente con sus bajas tasas de crecimiento y recuperación.
La nueva evidencia plantea otra dimensión del problema. Si la integridad estructural de una colonia depende de una red de tubos de quitina distribuida por sus tejidos, un daño físico no solo puede romper algunas de sus ramas: también puede interrumpir parte del andamiaje biológico que sostiene toda la estructura.
“Hemos estado gestionando estos ecosistemas basándonos en una imagen incompleta de lo que son”, afirmó Javier Sellanes, académico de la Universidad Católica del Norte en Coquimbo, investigador de ESMOI y co-líder de las expediciones.
“Entender que la quitina es el pegamento que mantiene unidas estas colonias cambia la conversación sobre cuán frágiles son realmente y cuán grave es el daño cuando son perturbadas”, agregó.
La Dorsal de Nazca, una frontera todavía poco explorada
El monte submarino donde fue encontrada P. quitinosa se encuentra en aguas internacionales, en una de las regiones de aguas profundas menos exploradas del planeta.
Hasta ahora solo se ha recolectado un espécimen de esta nueva especie, pero los investigadores creen que podría formar parte de una comunidad mucho más amplia y todavía desconocida. Nuevas expediciones a la región están previstas para continuar explorando su biodiversidad.
La zona también se encuentra bajo consideración para una mayor protección internacional en el marco del tratado BBNJ, actualmente ratificado por más de 90 países.
Para Felipe Paredes, doctor de Oceana, los hallazgos refuerzan la importancia de seguir estudiando y protegiendo estos ecosistemas profundos.
“Los ecosistemas profundos de las cordilleras de Salas y Gómez y Nazca albergan una biodiversidad extraordinaria que todavía estamos conociendo. Cada descubrimiento aporta evidencia científica para orientar su protección y refuerza la importancia de conservar los hábitats donde viven estas especies”, señaló.
“Desde Oceana impulsamos, junto a otras instituciones, la protección de estas cordilleras, con el objetivo de que la cooperación internacional se traduzca en medidas efectivas de conservación en alta mar”, agregó.





