Las intensas lluvias de las últimas semanas han dejado una huella dolorosa en distintas zonas de Chile. Familias han visto sus viviendas inundadas, han perdido enseres, han debido enfrentar aislamiento y daños importantes. La primera tarea es acompañar a quienes enfrentan esta emergencia y avanzar en la recuperación. Pero también debemos mirar hacia adelante y preguntarnos cómo prepararnos de mejor manera.

El mes pasado se conmemoró el Día Mundial de la Conservación del Suelo. El suelo no es solo la superficie sobre la que construimos o producimos alimentos: es un sistema vivo y una infraestructura natural que influye en cómo nuestro territorio responde frente a lluvias intensas y períodos de escasez hídrica.
Esto es especialmente relevante para la Región Metropolitana, que desde hace años enfrenta sequía hidrológica. No solo importa cuánta agua recibimos, sino también cuánto de esa agua somos capaces de retener.
Cuando llueve, una parte del agua es interceptada por la vegetación, otra se infiltra en el suelo y otra escurre hacia quebradas y ríos. Un suelo sano posee una estructura porosa que facilita el ingreso del agua, la materia orgánica ayuda a conservar humedad y las raíces favorecen la infiltración.
En términos simples, un suelo saludable funciona como una esponja natural. Frente a lluvias intensas puede retardar la escorrentía y disminuir la velocidad con que el agua llega a cauces y zonas urbanas. Durante los períodos secos, esa misma capacidad permite conservar humedad por más tiempo.
Un suelo degradado, erosionado o compactado pierde parte de esa capacidad. El agua encuentra mayores dificultades para infiltrarse y aumenta la escorrentía, la erosión y el transporte de sedimentos. Así surge una paradoja para una región afectada por la sequía: podemos recibir mucha agua en pocos días y perder buena parte de ella rápidamente.
Prepararnos para el futuro no puede significar únicamente construir más infraestructura. Las obras hidráulicas son fundamentales, pero deben complementarse con planificación territorial; protección de áreas de infiltración, quebradas y humedales; recuperación de riberas y suelos degradados; aumentar la vegetación urbana e incorporar soluciones que permitan retener e infiltrar parte de las precipitaciones.
Cuidar un suelo, recuperar una ladera o conservar un espacio capaz de absorber agua también es invertir en prevención. Muchas veces puede ser menos costoso que reparar posteriormente viviendas, caminos e infraestructura dañada.
La emergencia exige responder hoy, pero también aprender para el futuro. Planificar mejor nuestras ciudades, orientar adecuadamente la inversión y conservar nuestros suelos son parte de una misma tarea: construir un territorio más preparado para enfrentar la escasez y los eventos extremos.
En una región que debe convivir con sequías prolongadas y lluvias intensas, necesitamos aprovechar mejor cada gota de agua que recibimos y estar mejor preparados para cuando llega en exceso. Parte importante de esa solución no está lejos ni requiere necesariamente grandes obras: está bajo nuestros pies. Cuidar nuestros suelos es también cuidar el agua, nuestras ciudades y por sobre todo, a quienes las habitamos.





