El océano está cambiando y sus efectos ya se expresan en las costas de Chile y el mundo. Olas de calor marinas, acidificación, erosión de playas y alteraciones en la disponibilidad de recursos generan nuevos desafíos para los ecosistemas, las comunidades y las actividades productivas que dependen del mar.
Estos fenómenos pueden ocurrir simultáneamente y potenciar sus efectos. Comprender cómo interactúan y cuáles son sus consecuencias se ha convertido en una prioridad para la investigación socio-ecológica.
Estos desafíos fueron abordados por el Instituto Milenio en Socio-Ecología Costera (SECOS) durante el workshop «Costas bajo estrés: Desde las Señales Climáticas y las Respuestas Fisiológicas, hasta la Adaptación Socio-ecológica», coorganizado con el Núcleo Milenio NUTME. La actividad reunió investigaciones sobre las respuestas de ecosistemas y especies frente a condiciones extremas, con participación de representantes de la industria, organizaciones ambientales y organismos públicos.
La agenda científica de SECOS proyecta hacia 2031 investigaciones interdisciplinarias que conectan los cambios ambientales con las respuestas de los organismos, sus efectos en los territorios y las actividades productivas, y las decisiones necesarias para adaptarse.
Un océano que cambia y costas bajo presión
El aumento de las temperaturas está modificando las condiciones ambientales a las que se enfrentan las especies marinas. Bernardo Broitman, académico de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez e investigador SECOS, advierte que parte de estos cambios continuará debido al calor acumulado en el sistema climático.
«El océano en el futuro va a estar definitivamente más caliente. Ese es un cambio que se denomina comprometido. El océano va a absorber el exceso de calor que ya se acumuló en la atmósfera, debido a los gases de efecto invernadero que ya fueron emitidos. No hay vuelta atrás», explica.
El investigador también anticipa cambios en la intensidad y duración de los fenómenos climáticos. «¿Qué esperamos? Eventos de mayor intensidad y mayor duración, como este súper El Niño que alcanzará su peak durante nuestro verano», señala. Estas condiciones pueden alterar la distribución de las especies, que tenderán a desplazarse cuando encuentren ambientes más favorables.
En la costa, otra manifestación de estos cambios es la erosión de las playas. Carolina Martínez, directora del Centro UC Observatorio de la Costa, académica del Instituto de Geografía UC e investigadora SECOS, explica que el retroceso de estos ambientes responde a diversos factores, entre ellos las marejadas, las alteraciones de los cauces que aportan sedimentos y la ocupación del territorio.
«El problema es bien grave, ya que las playas en su mayoría no revierten su estado erosivo desde 2015. El monitoreo de playas da cuenta de un predominio de procesos erosivos por sobre los de acreción en periodos de primavera y verano, cuando las playas, de acuerdo con el conocimiento científico clásico, debieran recuperarse», comenta.
La pérdida de playas afecta más que el paisaje: también compromete la biodiversidad, la conectividad ecológica y la protección natural frente a amenazas costeras. En este escenario, Martínez plantea la necesidad de fortalecer la planificación territorial y la adaptación.
«Las proyecciones asociadas al cambio climático han sido claras en indicar que los eventos extremos como los que ya hemos vivido, las multiamenazas y los riesgos compuestos seguirán fortaleciéndose en las siguientes décadas, por lo cual las ciudades costeras deben implementar planes de adaptación para enfrentar condiciones más adversas que las actuales», advierte.
La conservación de estos ecosistemas también tiene una dimensión económica. Un estudio de investigadores de SECOS, la Universidad del Desarrollo y las universidades Católica de Chile y Católica de Temuco, publicado en Annals of Tourism Research, estimó que los visitantes están dispuestos a pagar 868porcadametroadicionaldeanchodeplayayUS29,40 por viaje para conservar las dunas. Los resultados evidencian el valor recreativo de estos ambientes y el desafío de diseñar medidas de adaptación que resguarden sus atributos naturales.
Moluscos bajo presión: comprender la resiliencia
Los cambios ambientales también afectan a especies relevantes para la acuicultura, especialmente cuando se combinan la acidificación, las variaciones de salinidad y las olas de calor marinas.
«En términos generales las condiciones de extremos ambientales nunca operan de manera aislada. Tenemos que pensar que, en el océano, hay una serie de agentes que estresan a los organismos, generan enfermedades, afectan su fisiología, o al menos les significa un costo fisiológico tener que lidiar con dichas condiciones», explica Cristian Vargas, académico de la Facultad de Ciencias Ambientales de la Universidad de Concepción e investigador SECOS.
Los efectos pueden incluir cambios en el crecimiento, la calcificación, la alimentación y el metabolismo. Sin embargo, la tolerancia varía entre especies y poblaciones. «Lo interesante que hemos observado es que poblaciones que históricamente vienen de ambientes con mucha variabilidad y condiciones extremas tienen un mayor potencial de tolerar escenarios futuros de acidificación u olas de calor», señala Vargas.
Una de las investigaciones que profundiza en estas diferencias es la de Nicole Castillo, investigadora postdoctoral SECOS y del ECCALab de la Universidad de Concepción. Su trabajo analiza cómo los eventos extremos de baja salinidad y pH afectan a las semillas de chorito (Mytilus chilensis) en zonas de captación de la Patagonia Norte, como Puelo y Hualaihué.
«Uno de los aspectos que buscamos comprender es por qué algunas semillas de chorito responden mejor que otras frente a eventos extremos de distinta duración e intensidad», explica. El estudio evalúa su desempeño fisiológico y capacidad de recuperación para determinar si el lugar de origen influye en su tolerancia.
«Más que entregar una fecha o lugar único para instalar colectores, buscamos generar una base biológica que permita transformar la información ambiental en información útil para anticipar riesgos», plantea Castillo. La evidencia podría ayudar a los productores a identificar períodos y sectores con mejores condiciones para la captación de semillas, una etapa clave para la mitilicultura.
Otra investigación aborda la respuesta del ostión del norte (Argopecten purpuratus) frente a olas de calor marinas breves e intensas, denominadas pulsadas, y eventos sostenidos de mayor duración. María Gabriela Nieves, investigadora postdoctoral SECOS en la Universidad Católica del Norte, en Coquimbo, estudia en laboratorio indicadores como la supervivencia, el crecimiento y el consumo de oxígeno.
El trabajo incorpora información genómica para identificar posibles características asociadas a una mayor tolerancia térmica. A futuro, estos resultados podrían contribuir a orientar el manejo de los cultivos durante períodos de altas temperaturas y apoyar estrategias de selección de reproductores.
De la evidencia científica a la adaptación
Convertir los resultados de las investigaciones en medidas concretas requiere la colaboración entre científicos, autoridades y sectores productivos. En la industria mitilícola, Rodrigo Carrasco, presidente del gremio AmiChile, destaca la importancia de contar con información científica y coordinar respuestas ante eventuales contingencias.
«Nuestra preparación se trabaja en tres frentes. El primero es recoger y ser muy partícipes en todo el conocimiento y base científica que nos permita manejar información objetiva y analizada de los fenómenos que estamos enfrentando», señala.
El dirigente agrega que la coordinación con las autoridades y entre los propios actores de la industria permite prepararse para enfrentar los efectos operacionales y económicos de estos eventos, que pueden traducirse en dificultades para cosechar, mayores costos logísticos y pérdidas de empleo.
La necesidad de vincular el conocimiento científico con las decisiones también se plantea a escala internacional. Stefan Gelcich, director de SECOS y académico de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica, participó como coautor en la tercera Evaluación Mundial de los Océanos de Naciones Unidas, que aborda los cambios en los ecosistemas marinos y sus consecuencias sociales.
«El mar entrega alimentos, empleo y bienestar a toda la sociedad, pero sus beneficios no están distribuidos de forma equitativa. Si no tomamos medidas de adaptación oportunas frente al cambio global, esta brecha de desigualdad en nuestras costas no hará más que profundizarse», advierte.
Para Gelcich, responder a estos desafíos requiere incorporar distintos conocimientos y experiencias en la toma de decisiones. «Enfrentar esta crisis exige sumar todos los saberes. Si no avanzamos hacia una gobernanza inclusiva donde pescadores artesanales, acuicultores, científicos y autoridades diseñen respuestas en conjunto, el calentamiento y la acidificación del océano golpearán con mayor fuerza a las comunidades que más dependen de él».
Desde la erosión de las playas hasta la respuesta fisiológica de los moluscos, las investigaciones muestran que la adaptación frente a un océano cambiante exige comprender cómo interactúan los factores ambientales y qué consecuencias tienen sobre los ecosistemas, las actividades productivas y las comunidades costeras.
En ese contexto, SECOS proyecta hacia 2031 fortalecer una agenda que conecte investigación científica, trabajo territorial y colaboración con los sectores que deberán enfrentar las nuevas condiciones del océano, con el objetivo de generar evidencia que permita anticipar riesgos y orientar decisiones de adaptación.



