Proyecto de investigación explora memoria local del aluvión que afectó la Quebrada de Macul en 1993

El aluvión de la Quebrada de Macul, ubicado entre las comunas de Peñalolén y la Florida en Santiago, fue declarado por ONEMI como uno de las peores catástrofes desde la década de 1950.

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Fuertes precipitaciones y un aumento inusual en la temperatura, desencadenaron una de las peores catástrofes de origen natural sufridas en la ciudad de Santiago: el aluvión de 1993. Hace 27 años, un lunes 3 de mayo, a las 10.30 de la mañana, activó cuencas en la precordillera y provocó que gran cantidad de barro aluvional bajara hacia la ciudad, inundando poblaciones y avenidas.

En 2020 esa experiencia del desastre por aluvión aún continúa siendo una de las mayores preocupaciones para quienes habitan el sector cercano a la Quebrada de Macul. “Vivimos intranquilos, ya que la quebrada es un peligro latente. Es una quebrada muy extensa y no se han hecho los trabajos comprometidos en 1997”, denuncia Juan Carlos Alcaino, uno de los sobrevivientes al aluvión y presidente del Centro Intercultural Quebrada de Macul (CIQMA).

En efecto, el aluvión de la Quebrada de Macul, ubicado entre las comunas de Peñalolén y la Florida en Santiago, fue declarado por ONEMI como uno de las peores catástrofes desde la década de 1950. Las cifras son elocuentes: 32.654 mil damnificados, 307 viviendas destruidas, 5.600 viviendas dañadas, 8 desaparecidos, 85 heridos, y la pérdida de 26 vidas humanas. Para mitigar el desastre tuvieron que colaborar personal de Carabineros, la Fuerza Aérea de Chile y Bomberos.

Riesgo de desastre y comunidad

La preocupación comunitaria, llevó a un grupo de científicas del Centro de Investigación para la Gestión Integrada de Riesgo de Desastres (Cigiden), a desarrollar el proyecto: “Entre memoria, ciencias y comunidad: el aluvión de la Quebrada de Macul de 1993 hoy”. Según explica Valentina Acuña, historiadora e investigadora, Valentina Acuña, la idea de la investigación surgió desde la necesidad de problematizar la memoria oficial del desastre y preguntarse de qué manera la memoria local puede mejorar la gestión del riesgo aluvional.

“En contraste con la memoria de los sobrevivientes y el conocimiento de la quebrada y sus alrededores, nos dimos cuenta que la planificación territorial no ha atendido de manera suficiente, los efectos de la urbanización en las zonas precordilleranas y tampoco la evidencia de lo que fue este desastre socionatural”, agrega la experta.

La antropóloga e investigadora Cigiden, Leila Juzam, complementa que al conocer la inquietud local y al ser parte de un de un centro de investigación interdisciplinario, decidimos ampliar los horizontes de las ciencias sociales e incorporar los conocimientos de las Ciencias de la Tierra como una tarea conjunta”.

Razón por la cual, para el desarrollo de esta investigación las profesionales comenzaron a explorar etnográficamente la memoria del aluvión junto a sus sobrevivientes, a través de visitas a terreno, entrevistas y la revisión de archivos históricos, que dan cuenta de la diversidad y riqueza de la comunidad que habita las cercanías de la quebrada. También se incorporó ciencia geológica, con datos meteorológicos, indicadores geológicos e imágenes procesadas con softwares de última generación. Se consideró el contexto urbano y cómo éste evoluciona a través de los años. 

“Para el desarrollo del proyecto ha sido clave considerar los testimonios de la comunidad –a través de los años–, para así identificar debilidades en la resiliencia de las personas, en la planificación territorial y falencias actuales en las estrategias preventivas aluvional de las entidades públicas”, asegura, la geóloga e investigadora Cigiden, Francisca Roldán.

¿Qué es un aluvión?

De acuerdo a la experta en aluviones, estos fenómenos naturales son el resultado de procesos climáticos, geológicos y antrópicos, generados por la actividad humana, que actúan y se desarrollan en ciertas áreas como cuencas hidrográficas. Este flujo es una mezcla de la precipitación que cae en forma de agua y “detritos” (barro), que es el material que recubre las quebradas o cauces. “Esta mezcla por influencia de la gravedad se desplaza pendiente abajo y arrastra todo el material que encuentra en su camino, aumentando así su poder destructivo y velocidad, llegando a las zonas urbanas coincidentes con las zonas de desembocadura”, describe la geóloga UCN.

En el caso de la Quebrada de MAcul en 1993, agrega, la historiadora Valentina Acuña, ese aluvión ha sido descrito con una primera ola fue de casi 300 metros de ancho, que se desplazó a una velocidad de 15 kilómetros por hora. El aluvión siguió el cauce de la quebrada, provocando desbordes de los canales San Carlos, Las Perdices y el Zanjón de la Aguada”.

Debido a este fenómeno y según los recortes de prensa de la época, las principales rotondas del sector oriente resultaron anegadas, además, niños y mujeres quedaron atrapados en el agua. Asimismo, muchas personas quedaron aisladas y con el barro hasta la cintura o esperando auxilio desde los techos de sus casas, mientras toneladas de agua, lodo y troncos bajaban por las avenidas Irarrázaval, Bilbao, Lo Hermida, Grecia y Tobalaba. Las calles de la zona sur de la ciudad se volvieron intransitables, se produjo un corte de la ruta 5 sur a la altura del kilómetro 67, el nivel del río Mapocho aumentó casi veinte veces y una avalancha de piedras interrumpió la ruta internacional a Mendoza.

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