Estudio analiza impactos de ecoturismo en Isla Choros

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Un maravilloso espectáculo es el que prometen los tours que cada verano se realizan en el sector de Isla Choros, y su vecina Isla Damas, en la Cuarta Región. Y de hecho, los visitantes se encantan con la visión de pingüinos de Humboldt, delfines, chungungos, lobos marinos –e incluso ballenas durante la temporada de verano- y diversas especies de aves marinas, todos ellos en su hábitat natural.

 

¿Qué sucede, sin embargo, con estos animales, frente a la recurrente invasión de su entorno? Esa es la inquietud que surgió en Manuel Segovia, estudiante de Biología Marina de la Universidad Católica del Norte, tras visitar esos lugares como parte de una asignatura. Con la asesoría de su profesor de zoología, Carlos Gaymer, el joven decidió encontrar la respuesta por medio de su trabajo de tesis, estableciendo como hipótesis que la actividad turística interrumpe el normal desarrollo de la relación madre-cría del lobo marino común.

 

Lo siguiente fue pasar a la observación, que se concretó durante los meses de diciembre de 2012, y enero y febrero de 2013, acampando en cada oportunidad alrededor de una semana en Isla Choros.

 

Trabajo en el lugar. La experiencia no estuvo exenta de dificultades, entre ellas un permiso especial de CONAF, que habitualmente no autoriza este tipo de permanencia en la isla. Además, cada día debía caminar alrededor de una hora, cuidando de no pisar los numerosos nidos, desde su campamento hasta el sitio de avistamiento.  “¡La isla es más grande de lo que parece!”, asegura riendo.

 

Desde su lugar de vigía pudo ver y grabar lo que ocurría en una pequeña lobera en forma de U, donde no solo descansaban machos adultos, sino además era posible reconocer madres y crías de pocos meses de vida. La relación entre ambas, cuenta Manuel, es un lazo muy fuerte, en el que se puede apreciar el extenso cuidado maternal por parte de esta especie, y al comienzo, los pequeños dependen totalmente de la madre, que los amamanta; progresivamente, los retoños empiezan a buscar alimento por sí mismos. El resto del tiempo es dedicado al descanso y también a una especie de enseñanza del lenguaje por parte de la madre, que, aproximando su nariz a la de su cría, vocaliza sonidos que luego son imitados por los jóvenes lobos.   

 

Junto con observar el comportamiento de los mamíferos marinos, Manuel tomó nota de las embarcaciones que llegaban hasta las proximidades de la lobera. Así pudo advertir el impresionante aumento de éstas entre diciembre de 2012 y febrero de 2013: de un máximo de 7 botes, llevando en total 109 personas en diciembre de 2012, en enero de 2013 el tope de embarcaciones fue de 63 (896 personas), y al mes siguiente, el peak se registró el 14 de febrero, cuando llegaron nada menos que 110 botes al sector, con 1.654 personas a bordo. Curiosamente, este mismo día se registró el mayor avistamiento de ballenas jorobadas.

 

Además del número, el estudiante anotó los tres tipos de ruta que realizaban los tours al área de la lobera: mientras algunos no entraban a la rada, otros ingresaban hasta unos 15 metros, y otros a menos de 5 m de distancia de los lobos. La conducta de estos fue a su vez calificada en cuatro categorías: indiferencia, alerta, agresividad y escape. En el caso de las madres y sus crías, el joven notó que los pequeños a menudo escapaban. Y esta reacción se producía independientemente de la distancia a la que se acercaban los botes, aunque era más acentuada a distancias menores entre botes y lobos marinos. “Las crías se tiraban al agua y las madres empezaban a vocalizar para que la cría subiera nuevamente a la roca”, recuerda.

 

Cumplir la normativa

 

El análisis de sus datos ha permitido a Manuel confirmar su hipótesis: la actividad turística genera un efecto en la relación madre-cría del lobo marino común. Y, reflexiona, quizás esta situación podría explicar en parte la continua disminución de estos mamíferos en el sector sureste de Isla Choros, detectada desde hace algunos años por los pescadores del lugar.

 

La solución, agrega, pasaría a su vez por el cumplimiento cabal del Reglamento General de Observación de Mamíferos, Reptiles y Aves Hidrobiológicas y del Registro de Avistamiento de Cetáceos, creado en 2011 y que contaba con dos años para estar en pleno funcionamiento.

 

La normativa indica, entre otros puntos, que “las naves que efectúen actividades de observación recreativas deberán mantener una distancia mínima de 100 metros para el caso de cetáceos mayores y 50 metros tratándose de cetáceos menores y otáridos, como lo son los lobos marinos, considerando para ello el ejemplar más próximo a la nave”.

 

Durante su observación, Manuel tuvo asimismo la oportunidad de ver y grabar ballenas jorobadas, video que le valió el primer lugar en el reciente Congreso de Ciencias del Mar. La experiencia le permitió notar que tampoco en este caso se respetaba el reglamento, lo que terminaba estresando a los grandes cetáceos, que se sumergían y ya no podían ser admiradas por los turistas.

 

 

Fuente: www.diarioeldia.cl