América Latina, una de las regiones más urbanizadas del planeta, enfrenta un desafío creciente. A los problemas históricos de desigualdad socioeconómica, déficits de infraestructura y dificultades de gobernanza, se suma una amenaza cada vez más visible: el impacto del calor extremo en las ciudades.
Un reciente estudio de la Universidad de Oxford, publicado en la revista científica Sustainable Cities and Society, analizó 205 ciudades de más de un millón de habitantes para identificar dónde las personas están más expuestas a los riesgos derivados del aumento de las temperaturas globales. El trabajo propone una nueva forma de medir el riesgo urbano asociado al calor, incorporando no solo la exposición climática, sino también variables de vulnerabilidad social y capacidad de adaptación.
Los investigadores evaluaron indicadores como temperatura y humedad, pero también factores demográficos y socioeconómicos, incluyendo la proporción de niños menores de cuatro años y adultos mayores de 65, los niveles de ingresos, los precios de la electricidad, el acceso a infraestructura de enfriamiento y la cobertura arbórea disponible en cada ciudad.
Más que calor: cuando la vulnerabilidad social aumenta el riesgo
Uno de los principales hallazgos del estudio es que el peligro asociado a las olas de calor no depende exclusivamente de cuán altas sean las temperaturas. Según los autores, el riesgo surge cuando el calor extremo coincide con altos niveles de vulnerabilidad y una capacidad limitada de respuesta.
En este sentido, la investigación identifica al «PIB inverso per cápita» como uno de los indicadores más relevantes para medir la vulnerabilidad. A menor nivel de ingresos, mayores son las dificultades para enfrentar eventos de calor prolongado, especialmente cuando se combinan con el aumento de los costos de la energía.
Los investigadores advierten que la creciente demanda de aire acondicionado a nivel mundial no necesariamente se traduce en una mayor protección para la población. En muchas ciudades, incluso cuando las familias logran acceder a equipos de climatización, los elevados precios de la electricidad limitan su uso cotidiano, reduciendo su capacidad de adaptación frente a las altas temperaturas.
La dimensión demográfica también resulta determinante. El estudio considera especialmente a los grupos de mayor riesgo fisiológico frente al calor: niños pequeños y adultos mayores. Para América Latina, donde varios países experimentan un acelerado proceso de envejecimiento poblacional, este factor podría incrementar la exposición a enfermedades y mortalidad asociadas a eventos extremos de temperatura.
Árboles, barrios y desigualdad climática
Otro aspecto clave abordado por la investigación es el papel de la cobertura arbórea como mecanismo natural de protección frente al calor urbano.
Los autores destacan que los árboles funcionan como amortiguadores ecológicos capaces de reducir temperaturas, generar sombra y disminuir el efecto de isla de calor que caracteriza a muchas ciudades densamente urbanizadas. Sin embargo, la distribución de estas áreas verdes suele ser profundamente desigual.
En gran parte de las ciudades latinoamericanas, los barrios de mayores ingresos concentran parques, vegetación y espacios públicos arbolados, mientras que los sectores periféricos presentan extensas superficies de asfalto y cemento. Según el análisis, esta diferencia transforma la segregación urbana en un factor que puede aumentar directamente la exposición al calor de las poblaciones más vulnerables.
Para los investigadores, este hallazgo demuestra que las estrategias de adaptación climática no pueden limitarse a soluciones tecnológicas o infraestructurales, sino que también deben abordar las desigualdades territoriales existentes dentro de las propias ciudades.
Las soluciones que propone Oxford para las ciudades latinoamericanas
El estudio también analiza experiencias urbanas destacadas en la región y plantea una reflexión sobre el futuro de las denominadas «ciudades inteligentes».
Según los autores, los modelos importados desde el Norte Global que se centran únicamente en la incorporación de tecnología no siempre responden a las necesidades de América Latina. En cambio, sostienen que las iniciativas urbanas más exitosas son aquellas impulsadas por las personas y orientadas a reducir brechas de exclusión social mediante la innovación.
Entre los casos destacados aparecen Bogotá y Medellín, reconocidas por sus avances en movilidad sostenible y sistemas de transporte integrados que mejoran la accesibilidad de comunidades vulnerables. También se mencionan Santiago y Buenos Aires por sus sistemas de transporte masivo optimizado y movilidad compartida; Ciudad de México por el desarrollo de marcos regulatorios para edificios inteligentes y eficientes energéticamente; y Montevideo por sus herramientas de digitalización de servicios públicos.
A partir de estos antecedentes, los investigadores concluyen que los gobiernos locales deben acelerar medidas de adaptación frente al aumento de las temperaturas. Entre las principales recomendaciones figuran fortalecer las redes eléctricas para responder a los picos de demanda durante las olas de calor, implementar programas masivos de reforestación urbana, promover normas de construcción basadas en enfriamiento pasivo y diseño bioclimático, y reducir las barreras institucionales que dificultan la implementación de políticas climáticas a nivel municipal.
«Nuestro estudio demuestra que la planificación frente al calor debe abordar explícitamente no solo la exposición a altas temperaturas, sino también la vulnerabilidad y la capacidad de respuesta», señaló la académica de Oxford Radhika Khosla, una de las supervisoras de la investigación.
Con una población urbana que seguirá creciendo durante las próximas décadas y con el cambio climático ya asociado a más de un tercio de las muertes por olas de calor a nivel global, el estudio advierte que la resiliencia urbana se ha convertido en una prioridad urgente para las ciudades de América Latina.





