La desalación se ha convertido en una de las principales alternativas para enfrentar la crisis hídrica que afecta a distintas zonas de Chile. En un escenario marcado por más de una década de sequía, aumento de la demanda de agua y presión sobre las fuentes continentales, esta tecnología ha comenzado a consolidarse tanto para el abastecimiento humano como para actividades industriales y productivas, especialmente en el norte del país.
Actualmente, diversas iniciativas de plantas desaladoras se encuentran en operación, construcción o evaluación ambiental, impulsadas principalmente por sectores como la minería, sanitarias y proyectos multipropósito. A ello se suma un creciente interés desde organismos públicos y privados por avanzar hacia modelos que permitan diversificar las fuentes de agua disponibles y reducir la dependencia de ríos y acuíferos sobreexplotados.
Sin embargo, junto con el avance de esta industria, también persisten dudas y preocupaciones respecto a sus posibles efectos ambientales, particularmente en ecosistemas marinos costeros. Esta preocupación se relaciona directamente a la percepción del agotamiento de las fuentes continentales: glaciares, humedales, ríos y acuíferos subterráneos son vistos de manera transversal como «fuentes en crisis», superando por mucho a la proporción de personas que aún los considera fuentes seguras.
Un estudio realizado por la Asociación Chilena de Desalación y Reúso (ACADES) y Criteria demuestra que la ciudadanía está preocupada por los efectos del cambio climático, pero todavía considera que la minería es la actividad industrial que más agua consume y que la desalación impacta los ecosistemas marinos.
En ese sentido, la población se inclina mayoritariamente por las soluciones basadas en la naturaleza (SbN) como la recuperación de bosques (66%) y la restauración de humedales (63%) para enfrentar la escasez, aun cuando éstas dependen de la disponibilidad de agua continental.
Desalación en Chile: una realidad desconocida para la mayoría
Respecto a la infraestructura hídrica, el 53% de los encuestados no sabe que en Chile ya existen plantas desaladoras en funcionamiento o cree que es una tecnología futurista, mientras que un 70% ignora que hoy existen ciudades enteras que se abastecen de agua de mar desalada para el consumo doméstico en sus hogares.
Este mismo desconocimiento se refleja en una desconfianza respecto de la calidad del agua desalada, la que, si bien muestra una evolución favorable, continúa siendo una fuente considerada menos saludable que el agua proveniente de nieves y glaciares, de napas subterráneas y de la lluvia, aun cuando el agua producto de una planta desaladora es la más pura de todas, al punto que requiere procesos de potabilización para dejarla apta para el consumo humano.
Ahora bien, cuando se abordan los impactos ambientales de la desalación, entre un tercio y un cuarto de la población continúa considerando que la actividad genera impactos negativos en los ecosistemas marinos (29%), la pesca artesanal (26%) y el turismo (25%), y que la desalación consume grandes cantidades de energía (34%), succiona fauna marina (33%) e impacta negativamente a los ecosistemas marinos con la descarga de salmuera (32%).
Con todo, el valor ambiental de diversificar las fuentes de agua empieza a tomar fuerza. El 59% de los chilenos ya entiende que usar agua de mar o aguas residuales protege las napas subterráneas para que no se sigan secando, y un 53% sabe que es la única forma de asegurar el suministro en sequías extremas. Asimismo, un 49% reconoce un beneficio ecológico directo en la desalación: al usar agua de mar para las industrias y las ciudades, se «libera» el agua de los ríos y lagos continentales, permitiendo que esos caudales se queden en la naturaleza para restaurar y reparar los ecosistemas terrestres dañados.”





