La Región de Ñuble ha iniciado la construcción del embalse Zapallar, obra esperada tras casi 70 años. Con una capacidad de 80 millones de metros cúbicos y una inversión superior a US$158 millones, el proyecto fue adjudicado al consorcio China International Water & Electric Corporation y contempla un plazo de ejecución de 1.620 días, proyectando su entrada en operación hacia 2030.

Se trata de una infraestructura multipropósito. Además de regar unas 10 mil hectáreas de secano —beneficiando a más de 2 mil agricultores—, el embalse considera abastecimiento de agua potable en períodos de déficit, control de crecidas en el valle del río Diguillín, apoyo a la gestión de incendios forestales mediante reservas estratégicas y potencial desarrollo turístico. En términos conceptuales, supera la lógica tradicional de embalses exclusivamente agrícolas y se alinea con una visión más integral del territorio.
Sin embargo, la pregunta de fondo no es solo cuánto almacenará Zapallar, sino qué tan eficaz será en el nuevo escenario climático. Los embalses dependen de precipitaciones suficientes para su llenado, y la región enfrenta una tendencia de mayor variabilidad y eventos extremos. Además, este tipo de obras genera impactos significativos en los ecosistemas de la cuenca, lo que exige evaluación rigurosa y monitoreo permanente.
Zapallar, por sí solo, no garantiza seguridad hídrica. La infraestructura es condición necesaria, pero no suficiente. Su aporte real dependerá de cómo se gestione. Desde una perspectiva técnica, debe articularse con sistemas de riego eficientes que optimicen captación, distribución y uso del recurso. Sin eficiencia en la demanda, el almacenamiento pierde efectividad.
Más aún, se requiere una gobernanza con mirada de cuenca y de largo plazo. La operación del embalse debe integrarse con los demás componentes hidráulicos y con los ecosistemas del río Diguillín y de Ñuble en su conjunto. Grandes, medianos y pequeños usuarios, municipios y organizaciones locales deben participar en una gestión coordinada, basada en datos y transparencia. Sin esa integración, la obra corre el riesgo de transformarse en infraestructura subutilizada o en un símbolo de soluciones aisladas, beneficiando solo a algunos sectores productivos.
La experiencia en la zona central y norte del país muestra embalses con niveles mínimos de almacenamiento que no han logrado resolver las brechas estructurales. Cuando la infraestructura se concibe desconectada del territorio y de la gestión eficiente, termina beneficiando de manera parcial y pierde capacidad de adaptación frente a la incertidumbre climática.
Si Zapallar se inserta en una estrategia más amplia —que combine obras, tecnología, información hidrológica en tiempo real y gobernanza efectiva— puede marcar un antes y un después en la seguridad hídrica regional. No se trata solo de acumular agua, sino de administrar inteligentemente un recurso cada vez más escaso.
Esta obra tiene un desafío cultural e institucional. Puede convertirse en un hito para la región y un referente para el país. Su éxito no dependerá del volumen del muro, sino que de la calidad de su gestión.






