El último balance climático publicado por el servicio europeo Copernicus no es solo un informe más: es un llamado de emergencia. Con 2025 registrado como el tercer año más cálido de la historia y con un promedio trienal que rompe la barrera crítica de 1,5 °C de aumento global, el planeta se aproxima peligrosamente a un punto de no retorno.

Frente a esta realidad, Estados Unidos -el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero- ha aumentado sus emisiones en un 2,4%, según el informe del grupo Rhodium, revirtiendo la tendencia a la baja que mostraba en años anteriores. Entre las causas, destaca el crecimiento del consumo energético de los centros de datos alimentados por inteligencia artificial, así como un sorprendente repunte del uso de carbón, que aumentó en un 13% en la generación eléctrica.
Este giro no es menor. A pesar de los avances tecnológicos y promesas climáticas, la economía estadounidense se sigue sustentando en fuentes contaminantes. Y mientras tanto, países como Chile, con emisiones globales relativamente bajas, enfrentan las consecuencias más severas.
Chile cumple con casi todos los criterios establecidos por la ONU para definir a una nación como altamente vulnerable al cambio climático. La megasequía prolongada, los incendios forestales cada vez más intensos y la pérdida de biodiversidad no son problemas del futuro: son parte del presente que enfrentan comunidades rurales, agricultores y ecosistemas únicos.
La responsabilidad de EE.UU. es doble: histórica y presente. Desde la Revolución Industrial ha sido el mayor emisor acumulado del planeta, y hoy su inercia política y productiva pone en riesgo los compromisos asumidos en el Acuerdo de París. Lo más preocupante es que este aumento en las emisiones ocurre incluso antes de que se implementen plenamente políticas más permisivas con los combustibles fósiles, anunciadas por la nueva administración.
Chile, por su parte, ha tomado medidas significativas: lidera en América Latina en la incorporación de energías renovables y ha establecido metas de carbono neutralidad para 2050. Sin embargo, los esfuerzos de los países pequeños pierden fuerza si las grandes potencias no actúan con la misma urgencia.
El progreso no puede medirse sólo en avances tecnológicos. Si ese progreso se sustenta en más emisiones, más consumo energético y más desigualdad climática, entonces no estamos avanzando, sino retrocediendo.
Es tiempo de que la diplomacia climática se fortalezca. No basta con sugerencias o compromisos voluntarios: se necesita rendición de cuentas internacional, mecanismos vinculantes y una presión multilateral efectiva. Chile y otros países vulnerables no pueden seguir pagando con sequías, incendios y desplazamientos el costo del crecimiento irresponsable de otros.
Porque si no exigimos hoy, el informe climático de 2026 podría no solo confirmar que hemos superado los 1,5 °C, sino que hemos cruzado el umbral de una era de catástrofes irreversibles.






