Recursos hídricos y cambio climático: una ecuación complicada

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Por Ximena Abogabir S., fundadora de Casa de la Paz.


Actualmente existe un amplio consenso científico que el cambio climático llegó para quedarse, y que es causado principalmente por la acción humana. Ante ello, los expertos también advierten que la frecuencia e intensidad de los eventos meteorológicos extremos irán en aumento, por lo que debemos esperar veranos más calurosos e inviernos más fríos, sequías extremas y prolongadas, así como lluvias más intensas y en período distintos a los acostumbrados. Asimismo, se proyecta un aumento en la frecuencia de eventos extremos tales como inundaciones, aluviones e incendios de magnitud. Todos estos cambios inevitablemente  afectarán  al medio ambiente, la biodiversidad y las actividades productivas del país, impactando la vida de la gran mayoría de las personas.

Los desafíos que enfrentamos ante el impacto del cambio climático son de una tremenda complejidad. Mencionaré algunos que, a mi juicio, son los más relevantes en relación a los recursos hídricos:

En el plano institucional, en Chile enfrentamos una dispersión de atribuciones con respecto al recurso hídrico en 43 autoridades alojadas en distintas agencias públicas, las cuales no actúan coordinadamente entre sí, ni toman decisiones en función de la misma información. Por ello, crear una  Subsecretaría de Recursos Hídricos, dependiente del Ministerio de Obras Públicas, es una solución que ha alcanzado un alto nivel de consenso a la fecha y que debería implementarse a la brevedad.

También necesitamos reformar el Código de Agua, de tal modo de conjugar su rol productivo con la protección de los ecosistemas, incluyendo su valor paisajístico, cultural, ancestral y de preservación para las futuras generaciones. En esta misma línea precisamos robustecer la protección de  glaciares, bofedales, humedales, estuarios y acuíferos, y expandir la normativa para enfrentar problemas emergentes: la reutilización de aguas grises y de los lodos de plantas de tratamiento, la medición y gestión de contaminantes emergentes, tales como los residuos médicos, entre muchos otros.

Para tomar decisiones y construir acuerdos intersectoriales, el agua requiere un modo de gestión participativa, en que todos los diferentes usuarios puedan acordar la forma más justa y eficiente de distribuir el recurso hídrico con que se cuenta; así como aumentar su disponibilidad, incluyendo la eficiencia hídrica, la reutilización, la potabilización y la protección de su calidad. Para complicar aún más las cosas, todos los involucrados necesitamos aprender cómo manejar información emergente, a relacionarnos con actores con quienes competimos por un recurso escaso, a lograr acuerdos intersectoriales y a cumplirlos en un escenario de alta incerteza hídrica, jurídica y ecosistémica.

Como si lo anterior no revistiera mayor complejidad, Chile presenta una gran diversidad geográfica a lo largo de su territorio, lo cual implica que lo que funciona en una cuenca, puede tener distinto resultado un par de kilómetros más al sur. Igualmente, el comportamiento de un curso de agua en la cabecera de la cuenca será diferente en el centro o el borde marino y las decisiones tomadas en una sección influirán inevitablemente aguas abajo.

Por ello, es indispensable avanzar con la mayor diligencia en aquello en lo cual la gran mayoría de los actores hemos logrado ponernos de acuerdo[i]. Por ejemplo, reconocer el agua como bien nacional de uso público, incluyendo los glaciares que regulan el balance hídrico de la cuenca; entender la cuenca como la unidad territorial para la toma de decisiones; implementar nuevas políticas públicas y sistemas de gestión del agua; contar con mecanismos innovadores de gobernanza y resolución de conflictos por la competencia entre usos múltiples e interdependientes con oferta variable; acordar una priorización de uso, comenzando por la protección de los ecosistema, el uso humano y la agricultura de subsistencia, para luego abordar los diferentes usos productivos, entre muchos otros.

También es relevante implementar acciones de prevención y mitigación, tales como construir infraestructura gris (por ejemplo, embalses y canales) y verde, forestando las cabeceras de cuenca y riberas de lagos y ríos.

Pero, por sobre todo, se requiere  un cambio cultural en todos los actores tendientes al uso eficiente del recurso hídrico dado que la demanda de agua en la actualidad supera, o amenaza con sobrepasar, la existencia del recurso en prácticamente todas las localidades del planeta. Por ello, es indispensable hace un esfuerzo permanente por disminuir la demanda de agua, minimizando su uso así como reutilizándolo e idealmente, reciclándola.

Igualmente, es altamente aconsejable que los vecinos en los distintos territorios se reúnan para conocerse, identificar juntos los riesgos asociados al fenómeno -sequías, inundaciones y avalanchas- y acuerden  formas de prevenirlos y/o mitigar sus impactos, con el objeto de disminuir la vulnerabilidad de las comunidades, especialmente las de escasos recursos, habitualmente las más afectadas.

Ningún Gobierno, por muy poderoso y eficiente que sea, será capaz de gestionar los impactos del cambio climático en las comunidades y los ecosistemas. Por ello nadie debe restarse de hacer su tarea, para lo cual es conveniente preguntarse si seguirá siendo parte del problema, o pasará a ser parte de la solución.

[i] Trabajo realizado durante 6 años en la Mesa Agua y Sustentabilidad www.aguaymedioambiente.cl/